Sermón – Los santos amaban a Dios – 1 de agosto de 2026
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Hoy conmemoramos a San Alfonso María de Ligorio, un gran santo, obispo y Doctor de la Iglesia.
San Alfonso fue un santo verdaderamente grande que trabajó incansablemente durante toda su vida. Fue obispo, pastor incansable, gran teólogo, misionero, predicador, fundador, escritor, poeta, músico, pintor y abogado.
Era como una máquina. Como todos los santos, era un hombre que se consagraba por completo a Dios en sus palabras y obras, en todo.
Nos preguntamos cómo lo logró. La respuesta es muy sencilla: intentó amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, tal como el Señor nos lo mandó.
A veces podríamos pensar que la santidad es solo para los santos; que es imposible alcanzar el tipo de santidad que poseían santos como San Ignacio, cuya memoria celebramos ayer, o San Alfonso, a quien conmemoramos hoy…
Pero esto es completamente erróneo; porque “nada es imposible para Dios” ; Dios nos llama a todos a la santidad y a la cúspide de la santidad, no a una santidad ordinaria, sino a una santidad inmensa.
Es importante comprender que todos los santos a lo largo de la historia fueron personas extremadamente comunes, como todos nosotros, hechas de carne y hueso; ninguno de ellos era un ser mitad humano, mitad angelical.
Lo que hizo cada santo a lo largo de la historia fue tomar la firme decisión de amar a Dios en todo y en todo momento. Y eso bastó para que Dios los elevara a la santidad.
Cada uno a su manera: algunos, como San Alfonso, se convirtieron en sacerdotes celosos que lograron grandes cosas, mientras que otros se retiraron completamente del mundo y sirvieron a Dios con sencillez y humildad.
Uno alcanzó la santidad realizando grandes actividades apostólicas y grandes obras con miles de personas, mientras que otro se convirtió en un gran santo en los días monótonos de una misión sin llegar a ver jamás su fruto.
Sin embargo, ningún santo se ha interesado jamás en ser "un santo especializado en un campo particular"; solo se han interesado en una cosa, la más importante y la única necesaria: amar a Dios y solo a Dios; a pesar de todo, a pesar de su propia fragilidad, debilidades, limitaciones, su propio carácter, si tienen mucho talento, poco o ningún talento, si su salud es buena o mala...
Ante todo, amar solo a Dios nos llevará a una verdadera y gran santidad; porque Dios no nos pide nada más que amor; no podemos añadir nada a Dios, a Él no le importan nuestras capacidades, pues las hemos recibido todas de Él; sino que le importa nuestro amor; y si ve que alguien ha decidido verdaderamente amarlo, no dejará ese amor y esa determinación infructuosos, sino que los hará florecer y convertirá a esa persona en un gran santo.
Por lo tanto, hagamos amistad con los santos; sigamos su ejemplo, especialmente el de San Alfonso hoy, y el de muchos otros. Pidamos la gracia del verdadero amor a Dios por intercesión de la Santísima Virgen María.



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