Sermón del Domingo de Pascua – 5 de abril de 2026 – Año A
- 5 abr
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Actualizado: 6 abr

Hermanos y hermanas, hoy celebramos el núcleo de nuestra fe: la resurrección de Jesús.
No se trata simplemente de conmemorar un acontecimiento del pasado; es una realidad viva que transforma nuestras vidas. La Pascua es el día en que la vida vence a la muerte, la luz vence a la oscuridad y la esperanza deja atrás la desesperación.
En la Biblia, leemos que María Magdalena fue al sepulcro cuando aún estaba oscuro. Al ver que levantaban la piedra, corrió a llamar a los discípulos. Pedro y el otro discípulo se apresuraron al sepulcro. Allí vieron algunas señales: un sepulcro vacío, sábanas de lino en el suelo, una sábana cuidadosamente doblada. Y entonces la Biblia dice: «Ella vio y creyó». Pero ¿qué vio? En ese momento no vio a Jesús resucitado. Solo vio las señales: un sepulcro vacío, huellas, silencio, ausencia. Y sin embargo… creyó.
Esto dice mucho de nuestra fe. Con demasiada frecuencia no vemos todo con claridad. No tenemos pruebas definitivas. Pero tenemos señales: momentos de gracia, experiencias de amor, pequeñas «resurrecciones» en nuestro día a día. Y estamos llamados a seguir el camino de aquel discípulo amado: ver con los ojos del corazón y creer.
En la primera lectura, San Pedro declara con valentía: Jesús vivió haciendo el bien, fue asesinado, pero Dios lo resucitó al tercer día. Y Pedro dice: nosotros somos testigos de esto. Pedro había negado a Jesús tres veces. Se arrepintió, pidió perdón y regresó para presenciar la resurrección y convertirse en el primer cabeza de la Iglesia. Este es el punto esencial: la fe pascual nace del testimonio y del encuentro. Los apóstoles no solo oyeron; se encontraron con el Resucitado. Este encuentro transformó por completo sus vidas.
¿Qué significa para nosotros tener fe hoy en día?
Creer en la resurrección no es simplemente aceptar un hecho del pasado, sino reconocer que Cristo también vive hoy.
Cuando el perdón prevalece sobre el odio,
cuando uno vuelve a empezar
Cuando la esperanza renace donde todo lo demás ha terminado.
Lo más importante: creer en la resurrección significa saber que Jesús sigue vivo. Él vive en este mundo y quiere estar presente en nuestras vidas. Él vive y quiere darnos vida.
Creer en la resurrección también significa saber que todo sufrimiento es temporal. La vida en este mundo es una preparación para la verdadera y eterna felicidad en el cielo. Quizás nosotros, como María Magdalena, nos dirigimos a la «sepultura» de nuestros propios sufrimientos, decepciones y miedos. Y todo parece oscuro. Pero la Pascua nos dice: la piedra ha sido removida.
Dios ya está obrando, aunque aún no lo comprendamos del todo. «Mis hermanos vieron y creyeron». Hoy, también nosotros estamos invitados a dar este paso: creer sin ver, pero ver con nuevos ojos a través de la fe.
Estamos invitados a mirar el mundo con los ojos de la fe. Dios obra en este mundo para dar vida a todos y para salvar a todos. Debemos aprender a afrontar cada momento de nuestra vida con fe.
¿Qué quiere enseñarme Dios?
¿Cómo me ayuda esta situación que estoy viviendo a conocerme mejor a mí mismo o a conocer mejor a Jesús?
La fe nos muestra que Dios siempre tiene el control de todo y nunca nos abandona. Lo que debemos hacer es entregarnos a Dios y aceptar su voluntad en nuestras vidas.
Que la resurrección de Jesús renueve nuestra fe. Seamos como Pedro, demos testimonio y proclamemos con nuestras vidas: ¡Cristo ha resucitado! ¡Vive!
Que la Virgen María nos ayude a mantener siempre nuestra fe en la resurrección de Jesús, que quiere darnos la verdadera vida y la felicidad eterna.



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