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Sermón – “Nadie les quitará su alegría” (Juan 16:20-23a) – 15 de mayo de 2026

  • 15 may
  • 2 min de lectura

En la Biblia, Jesús dice: «Ustedes se entristecerán, pero su tristeza se convertirá en alegría… y nadie podrá quitarles esa alegría». Jesús les dijo estas palabras a sus discípulos antes de ser crucificado. Aún no habían comprendido del todo el sufrimiento que estaban a punto de experimentar.


Serían testigos del sufrimiento y la muerte de Jesús, y experimentarían una profunda tristeza. Pero Jesús les había anunciado de antemano la buena noticia: el sufrimiento no sería el final. La resurrección transformaría la tristeza en gozo eterno.


Nosotros también experimentamos tristezas, miedos, dificultades y pruebas en nuestras vidas. A veces sentimos el corazón apesadumbrado y nos sentimos perdidos. Pero hoy Jesús nos recuerda que la tristeza de quien vive con Él no dura para siempre, porque la presencia de Cristo da sentido a nuestras vidas.


La mayor alegría de un cristiano no reside en vivir una vida sin problemas. La mayor alegría es saber que Jesús está con nosotros. Podemos hablar con Él en la oración, podemos encontrarlo en la Eucaristía, podemos escuchar su voz en la Palabra de Dios. Santa Teresa de Ávila dice: «Que nada os asuste, que nada os perturbe. Dios basta».


Quien tiene a Jesús posee un tesoro que el mundo no puede dar ni quitar. El mundo persigue placeres efímeros: dinero, éxito, placer, fama… Pero todo esto pasa. Sin embargo, la alegría que da Cristo es duradera, porque nace de saber que Dios nos ama.


San Juan Pablo II se dirigió a los jóvenes diciendo: «¡No tengan miedo! ¡Abran sus corazones a Cristo!». Porque cuando abrimos nuestros corazones a Jesús, nuestras vidas se llenan de luz, esperanza y sentido.


La Biblia de hoy nos lleva aún más lejos: Jesús nos habla del gozo eterno del Cielo. En este mundo, conocemos a Dios por la fe; pero un día lo veremos cara a cara. El Cielo es nuestro verdadero hogar. Allí estaremos con Jesús para siempre. Toda la felicidad de este mundo palidece en comparación con el gozo eterno que experimentaremos en su presencia.


San Agustín escribió: «Señor, nos creaste para ti; nuestros corazones solo encuentran paz en ti». El corazón humano anhela a Dios, aunque a menudo no sea consciente de ello. Y la verdadera y plena alegría solo se alcanza en la unión eterna con Jesús.


Imagínate: ver el rostro de Jesús, oír su voz, experimentar su amor misericordioso para siempre… Ya no habría lágrimas, dolor, miedo ni muerte. Solo amor eterno.


Santa Teresa de Lisieux dijo: «No estoy muriendo; estoy entrando en la vida». Para los santos, el Cielo no era un sueño lejano, sino la meta suprema de la vida. Por lo tanto, mientras vivimos en este mundo, también nosotros debemos dirigir nuestra mirada a Cristo.


Cada oración, cada ritual, cada acto de amor y cada sufrimiento ofrecido a Dios nos acerca al Cielo. E incluso en nuestras lágrimas, no perdemos la esperanza. Porque Jesús prometió: «Nadie les quitará jamás su alegría».


Hoy, pidamos al Señor que nos permita experimentar la alegría de su presencia mientras estamos en este mundo, y que un día alcancemos la alegría eterna en el Cielo. Que la Virgen María nos ayude a estar siempre preparados para ir al Cielo y encontrarnos con Jesús.

 
 
 

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