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Sermón – Seamos cristianos no solo de palabra, sino también de obra (Ezequiel 18:25-28 | Mateo 21:28-32) – 27 de septiembre de 2026

26 sept
4 min de lectura

Las lecturas que escuchamos hoy nos invitan a reflexionar sobre un tema muy importante para nuestras vidas: ¿ Vivimos nuestra fe solo a través de palabras, o la vivimos a través de acciones concretas que transforman nuestras vidas?


En una primera lectura, el profeta Ezequiel nos presenta a un Dios que nunca se cansa de ofrecer a la humanidad la oportunidad de cambiar sus vidas.


Dios no nos condena por nuestros errores pasados. Al contrario, se regocija cuando un pecador reconoce sus errores, se arrepiente y comienza a hacer el bien.


Lo que realmente importa no es solo lo que fuimos en el pasado, sino en lo que estamos dispuestos a convertirnos a partir de hoy.


En la Biblia, Jesús nos cuenta la parábola de los dos hijos. Un padre le pide a su hijo mayor que trabaje en la viña.


El hijo mayor dice que no quiere ir, pero luego se arrepiente y se marcha. El segundo hijo, en cambio, responde inmediatamente: «¡Sí, señor!», pero no se va.


Jesús nos presenta dos actitudes muy diferentes. El primer hijo dice que no, pero finalmente cambia de opinión y obedece a su padre. El segundo dice que sí, pero sus palabras no se traducen en acciones.


Esta analogía es una invitación a que reflexionemos sobre nuestras propias vidas.


¿Cuántas veces le decimos "sí" a Dios, pero en la práctica vivimos como si Él no formara parte de nuestro ser?


Decimos que somos cristianos, asistimos a la Eucaristía, oramos y conocemos los mandamientos; pero ¿se refleja todo esto en cómo tratamos a los demás, a nuestras familias, en nuestros trabajos y en nuestras relaciones?


La verdadera fe no se expresa únicamente en las palabras que pronunciamos, sino sobre todo en las actitudes que demostramos. Si no podemos amar a nuestro prójimo, no basta con decir que amamos a Dios.


Si seguimos albergando odio en nuestros corazones, pedir perdón a Dios no es suficiente. Si alimentamos los conflictos, las divisiones y las animosidades, orar por la paz no es suficiente.


Es fácil decir cosas bonitas, prometer cambios y expresar buenas intenciones. El verdadero reto reside en convertir esas palabras en acciones concretas. Es precisamente en este punto donde se revela la sinceridad de nuestra fe.


Aunque el hijo mayor inicialmente rechazó la petición de su padre, tuvo la humildad de admitir su error y el valor de cambiar de opinión.


Dios no espera que seamos perfectos desde el principio. Lo que sí espera de nosotros es un corazón abierto para reconocer nuestras imperfecciones y esforzarnos por ser mejores personas cada día.


Nunca es tarde para cambiar. Siempre podemos reconocer nuestros errores, pedir disculpas y volver a empezar. Tenemos tiempo para ello mientras estemos en este mundo.


En esto reside uno de los mensajes más importantes de este domingo: Ser santo no consiste en no caer nunca, sino en tener la humildad para levantarse de nuevo y el coraje para cambiar nuestras vidas.


San Juan Pablo II enseña:

Un santo es un pecador que nunca abandona la lucha.

Ser santo no significa vivir una vida extraordinaria, ajena a las dificultades de la vida cotidiana.


La santidad comienza en las pequeñas cosas: paciencia con los miembros de la familia, honestidad en el trabajo, preocupación por los pobres, perdón para quienes nos ofenden, capacidad de escuchar a los necesitados y fidelidad a nuestros compromisos.


La santidad no se construye solo sobre grandes promesas, sino también sobre pequeños actos de amor que se demuestran cada día.


Ayudar a nuestro prójimo, por pequeño que sea el gesto, cuando se hace con gran amor a Dios, nos ayuda a alcanzar la santidad.


La Biblia nos presenta otra verdad que merece nuestra atención.


Jesús dice que los recaudadores de impuestos y las prostitutas entrarán en el Reino de Dios antes que muchos que se consideran justos.


¿Por qué? Porque aquellos considerados pecadores creyeron en el mensaje de Juan el Bautista y tuvieron el valor de cambiar sus vidas, mientras que otros, a pesar de conocer la voluntad de Dios, no la aceptaron.


De esta manera, Jesús nos muestra que Dios no juzga únicamente por las apariencias externas .


Nuestra relación con Él no se define por nuestros títulos, declaraciones religiosas ni la imagen que proyectamos a los demás. Lo que realmente importa es la sinceridad de nuestro corazón y nuestra disposición a vivir según su voluntad.


Podemos participar en muchos rituales, aprender muchas oraciones y hablar frecuentemente de Dios; pero si nuestras vidas no cambian, corremos el riesgo de conformarnos con la mera apariencia externa de una fe que no da fruto.


Por lo tanto, este domingo estamos invitados a dar un paso atrás en nuestra conciencia.


¿Nuestra fe transforma nuestro estilo de vida? ¿Somos mejores cónyuges, padres, hijos, hermanos y amigos gracias a nuestra relación con Dios? ¿Nuestra presencia trae más paz, comprensión y esperanza a quienes nos rodean?


Lo importante no es ser perfecto, sino estar verdaderamente dispuesto a mejorar. Cada día es una nueva oportunidad para responder al llamado de Dios.


Dios continúa llamándonos, y espera de nosotros una respuesta que no sea solo de palabra, sino que se manifieste en nuestras vidas .


Quizás hemos rechazado esta invitación en el pasado. Quizás hemos prometido cambiar muchas veces, pero nunca hemos dado el primer paso.


Pero hoy, y todos los días, Dios nos ofrece una nueva oportunidad.


Seamos cristianos no solo de palabra, sino también con hechos concretos.


Que nuestras oraciones nos lleven a amar más, que nuestra participación en la Eucaristía nos haga más cooperativos y que nuestra fe se manifieste en una vida verdaderamente dedicada al Evangelio.

Lo importante no es solo decir "Señor, Señor", sino hacer la voluntad del Padre.

Y cumplir la voluntad de Dios significa permitirle transformar nuestros corazones, para que nuestras vidas se parezcan cada vez más a la de Jesús con el paso de los días.


Pidamos al Señor la gracia de un corazón humilde, capaz de reconocer nuestros errores, arrepentirnos y empezar de nuevo.


Que nuestras palabras siempre vayan acompañadas de acciones tangibles , y que cada día de nuestras vidas sea un paso en el camino hacia la santidad.


Que la Virgen María nos ayude siempre en este camino.

 
 
 

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