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Sermón - Primer jueves del ciclo pascual, 9 de abril de 2026

  • 9 abr
  • 2 min de lectura

En la Biblia de hoy, nos encontramos con una escena que es a la vez muy humana y divina.


Los estudiantes se han reunido, aún conmocionados por el trauma de la Pasión de Jesús.


Aunque han escuchado el testimonio de quienes dicen haber visto al Señor, sus corazones siguen confundidos; vacilan entre la esperanza y el temor.


Y en ese preciso instante, Jesucristo aparece entre ellos y les dice: «¡La paz sea con ustedes!». Pero no se regocijan de inmediato como cabría esperar.


Por el contrario, se llenan de temor y creen haber visto un espíritu. Esto nos revela una verdad importante: aceptar la resurrección no fue fácil, ni siquiera para quienes acompañaron a Jesús. Dudan. Les cuesta comprender.


Es en este punto donde el Señor se acerca con paciencia y amor. En lugar de reprenderlos, los invita a una experiencia tangible: «¡Miren mis manos y mis pies; soy yo! ¡Tóquenme y vean!». Jesús claramente quiere mostrar que no es meramente un espíritu, ni una ilusión. Ha resucitado verdaderamente, en cuerpo y alma. Las marcas de la cruz aún están en él; pero ahora no son señal de derrota, sino de la muerte vencida.


Y va aún más allá: pide comida y come delante de ellos. ¡Qué gesto tan sencillo y a la vez profundo! Comer es propio de un ser vivo. Así declara Jesús: La resurrección no es un símbolo, es vida real.


Esta Biblia también nos interpela, porque a menudo nos parecemos a los apóstoles. Queremos creer, pero dudamos. Oramos, pero nuestros temores persisten. Oímos hablar de la resurrección, pero a veces vivimos como si la muerte aún tuviera la última palabra.


¿Cuántas veces pensamos que Dios está lejos? ¿Cuántas veces experimentamos nuestra fe como algo puramente abstracto? Hoy, el Señor nos pregunta: «¿Por qué tienen miedo? ¿Por qué hay dudas en sus corazones?». Él sigue revelándose a nosotros: en la Palabra, en el pan, en la comunidad, en el amor.


La Pascua nos recuerda que la Resurrección no es simplemente un acontecimiento del pasado; es una realidad que está transformando el presente. Jesús está vivo, entre nosotros, de forma tangible.


Al final del Evangelio, Jesús abre los ojos de sus discípulos y los envía a dar testimonio. Este es el punto más importante: quien se encuentra con el Señor resucitado no puede permanecer en silencio. Debe dar testimonio.


Ahora bien, preguntémonos: ¿Somos testigos de un Cristo vivo, o simplemente repetimos una tradición? Si Cristo está vivo, si está conmigo, ¿por qué tengo miedo? ¿Por qué sigo sin creer?


En esta Pascua, pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe, que nos ayude a superar nuestras dudas, a reconocerlo como vivo y real. Y que nuestras vidas proclamen: ¡Cristo no es un espíritu, sino que resucitó y vive con nosotros!


Que la Virgen María nos ayude a dar testimonio de que Cristo ha resucitado verdaderamente y está vivo.

 
 
 

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