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Sermón – No la alabanza de los hombres, sino el agrado de Dios (Mateo 6:1-6:16-18) – 17 de junio de 2026

  • 17 jun
  • 3 min de lectura

En el Evangelio de hoy, Jesús nos da una lección espiritual muy importante. Habla de dar limosna, orar y ayunar; pero el verdadero énfasis no está en las acciones en sí, sino en la intención con la que las realizamos.


Jesús dice:

Ten cuidado de no realizar tus buenas acciones delante de la gente solo para presumir.

Dios no prohíbe hacer el bien; más bien, advierte contra convertir las buenas obras en un medio para presumir y buscar alabanzas. El problema no radica en que la gente vea el bien que hacemos, sino en que lo hacemos únicamente para ser vistos por los demás.


Jesús dice:

Cuando quieras orar, entra en tu habitación, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto.

La "habitación" aquí no es solo un lugar físico. Es también el corazón humano. Es nuestro mundo interior donde nos conectamos íntimamente con Dios. Porque Dios mira nuestros corazones más que nuestras palabras.


San Juan María Vianney dijo: "La oración es el ascenso del alma hacia Dios".


La verdadera oración no se ofrece para que los demás nos vean como piadosos, sino porque amamos a Dios.


Hacer el bien con amor


Imagina a una madre que pasa la noche en vela junto a la cama de su hijo enfermo. Nadie la ve, nadie la aplaude; pero Dios la ve.


Imaginemos a alguien que ayuda en secreto a una familia pobre. Nadie lo sabe, pero Dios sí.


Pensemos en alguien que perdona en silencio una injusticia. Puede que la gente no se dé cuenta, pero Dios sí.


El mundo valora las apariencias; Dios ve los sacrificios ocultos que nacen del amor.


Santa Teresa de Calcuta dijo una vez: “No todos podemos lograr grandes cosas; pero todos podemos hacer pequeñas cosas con gran amor”.


A los ojos de Dios, un pequeño acto de bondad hecho por amor es más valioso que una gran hazaña hecha por orgullo.


El peligro del deseo de gustar.


Hoy en día, se anima a la gente a compartir y presumir de todo lo que hacen. A veces, incluso ayudar a los demás, rezar o hacer sacrificios pueden convertirse en un espectáculo.


Jesús nos advierte de este peligro, porque el aplauso de la gente es pasajero, mientras que la recompensa de Dios es eterna.


San Agustín dijo: “El orgullo convierte a los ángeles en demonios; la humildad convierte a los hombres en ángeles”.


Quien busca la alabanza de los hombres recibirá su recompensa en este mundo. Quien busca la complacencia de Dios alcanzará la recompensa eterna.


Ayuno que transforma el corazón


Jesús también habla hoy sobre el ayuno. Quiere que no intentemos llamar la atención de la gente luciendo tristes y abatidos cuando ayunamos.


El verdadero ayuno no consiste solo en abstenerse de comer. También consiste en abstenerse del mal, el egoísmo, el chisme, la ira y el resentimiento.


San Basilio enseña lo siguiente:

El verdadero ayuno consiste en abstenerse del mal.

Después de escuchar este Evangelio, podemos hacernos estas preguntas:


  • ¿Estoy orando para encontrarme con Dios, o es simplemente por costumbre?

  • ¿Espero algo a cambio o algún tipo de agradecimiento cuando hago buenas obras?

  • ¿Me decepciona que nadie se dé cuenta?

  • ¿Busco la gloria de Dios o mi propia gloria?


Dios ve lo que la gente no ve. Él conoce las lágrimas derramadas en secreto, los sacrificios silenciosos, las oraciones sinceras y el amor incondicional.


Por lo tanto, oremos para que nuestros actos de caridad, oración y ayuno no busquen la aprobación de los hombres, sino agradar a nuestro Padre que está en los cielos.


Y que algún día merezcamos escuchar estas palabras del Señor: “¡ Bien hecho, siervo bueno y fiel!


Que María, que se convirtió en sierva del Señor al decir "sí" al plan de Dios, nos enseñe a orar y a hacer el bien con la esperanza de agradar solo a Dios, no a los hombres.

 
 
 

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